sábado, 13 de junio de 2009

La vida de Jenny Sue

Nací en una aldea agrícola del sureste de Cincinnaty, era verano y el calor había provocado una plaga de chicharras capaces de trastornar las cabezas de los ciudadanos de todo el estado con su "kreeeeeg krekreg kreeeeeeeeeeeeeeg". Los ciudadanos de Ohio, Cleveland, Akron y Mansfield habían salido del país en busca de otro lugar de residencia donde poder acabar el resto de sus vidas en un ambiente algo más relajado. Miles de personas con los oídos sangrando salían despavoridas de sus casas con jardín dejando atrás una vida llena de ilusiones y amor a Cristo, sabiendo que jamás volverían a desayunar galletas untadas con mantequilla de cacahuete, sentados a la fresca en el balancín del porche de su casa de madera. Unos emigraron a Corea del Sur donde hicieron algo de dinero con el auge del cultivo del brócoli al descubrirse que tenía efectos alucinógenos si se hervía en una caldero con aguarrás y se bebía en chupito con pajita. Otros, menos afortunados que los anteriores, se desplazaron a Terengganu, un estado y sultanato de Malasia, donde murieron empachados por la ingesta de rollitos de trapo con forma de pepinillo a la vinagreta.
Nosotros, familia evangelista, patriota y de descendencia irlandesa-noruega, sumisos de las órdenes del cuadragésimo presidente de los Estados Unidos y el trigésimo-tercer Gobernador de California, Ronald Wilson Reagan, nos quedamos en la aldea. Mi padre jamás habría abandonado el negocio que le proporcionó cierta popularidad, una pequeña tienda en la esquina de la calle principal donde suministraba alpiste a aquellas familias aficionadas a la ornitología. Hasta llegó a fundar el Concurso de Belleza de Cernícalos Patirrojos del que fue presidente, tesorero y único miembro del jurado. Se premiaba el plumaje más llamativo y su capacidad de engullir más alpiste durante tres cuartos de hora seguidos, así sin respirar, a lo bestia. El pequeño negocio de venta de alpiste era su pasión desde los 13 años, edad en la que conoció a mi madre, una niña adolescente con el rostro lleno de acné y aficionada a los libros de Agatha Christie y al telefilm de Jessica Fletcher. Una tarde, Marie Sue, mi madre, desesperada por su acné y los cráteres en la cara pensó un remedio que deseaba fuera infalible para disimular su aspecto de pañocha revenía, consistía en rellenar cada agujero de su cara con un grano de alpiste de alta gama, pensando que así el pus amarillento desaparecería para siempre de la manera más natural y ecológica. Entró pues en "Ohio's Best Alpiste Shop", la tiendecita donde mi padre no paraba de masturbarse invocando la aparición de algún cliente. "KlingKluing" sonaron las campanillas de la puerta cuando mi madre entró a la tienda, "fliurssssspec" sonó al eyacular mi padre tras el mostrador y embadurnando de fertilidad a esa joven panocha con aspecto noruego-irlandés. Así pues, fecundada mi madre y enamorado mi padre, contrajeron matrimonio esa misma tarde-noche, al poco nací yo (sin muchas ganas, todo hay que decirlo,pero nacer no es una cosa que se pueda elegir en esta vida). El resto de mis hermanos vinieron en lote como regalo de una empresa yogurtera al haber acumulado 333 tapas de el famoso petitsuis sabor plátano.
Me bautizaron como Jenny Sue O'Rourke Moore en un día lluvioso de invierno pero con el arcoiris en su máximo esplendor, a los seis días de vida me hice el primer piercing en un pezón y escuchaba heavymetal mentras me alimentaba de un riquísimo gazpacho de importación en biberón homologado, siempre fui la rara de la familia, del colegio y de la parroquia presbiteriana. Tenía tres años cuando sufrí mi primer ataque epiléptico al ver el video musical "Paranoid" de Black Sabbath, las navidades de ese año deseaba que Santa Clauss me trajera mi primera chupa de cuero, no fue así pero me regalaron un bono15 para poder acudir cuando quisiera a sesiones de radioterapia en el hospital clínico universitario de la capital del condado. La verdad, le pillé el gustillo a los rayos gamma y las partículas alfa que me hacían cosquillitas en la parte occipital del córtex.



















También era una gran aficionada a embadurnarme el cuerpo con blandiblú y ponerme bajo el sol a esperar que se acartonara esa masa viscosa sobre mi cuerpo, entonces dejaba que Zacarias, nuestro Fox Terrier de pelo corto, me lamiera de arriba a abajo. Ser una niña de origen irlandés-noruego, aficionada al heavymetal e hija de un vendedor de alpiste no me ofrecía la buena reputación entre las animadoras del instituto que toda niña norteamericana deseaba, así que tuve que cargármelas a todas encerrándolas en el granero y cubriéndolas de alpiste, centeno y gramíneas varias hasta que murieron asfixiadas, malditas cheerleaders. Claro, vinieron los federales y me arrestaron, me llevaron al reformatorio del condado y me trataron a base de metadona, anabolizantes y esteroides. Las fachadas del edificio estaban repletas de altavoces que desprendían a gran volumen las canciones de Teresa Rabal. En los jardines del reformatorio se cultivaban ortigas en un intento de ahuyentar a las chicharras que acechaban el país, y yo inflada por tanto anabolizante comencé a secar las dichosas ortigas para poder fumármelas y así alcanzar el empanamiento total que me hiciera olvidar la vida tan triste que Dios me había ofrecido. De Dios hablaré otro día que estoy un poco mosca con él.
Un día vino a visitarnos al reformatorio la pesada de Teresa Rabal, iba acompañada de un tipo bajito con cara de buena persona, se llamaba Torrebruno un famoso showman, actor, cantante y presentador italiano afincado en Kentuky, estaba todo el día tarareando la canción de Don Redondon y poniéndose de puntillas para parecer más alto. Nos contó que estaba montando un circo a tutiplén y que quien quisiera podía irse con él a recorrer el mundo, haciendo feliz a los niños y comer todos los días pizza margarita con doble capa extra de orégano, no cobraríamos nada pero podríamos estrenar un tutú nuevo cada miércoles. Claro, yo ni me lo pensé dos veces, fui a mi cuarto y cogí un par de bragas, el cortauñas, arranqué el póster de de Alf de la pared y me largué con el amable señor bajito. Triunfamos por el mundo, ya te digo si triunfamos, eramos una gran comparsa familiar donde había arlequines, mujeres barbudas, hombrecillos noruegos con tres cabezas que decían ser mis primos, tigres y leones que siempre querían ser los campeones, cantantes calvas y yo, que me convertí en una gran atleta y saltimbanqui. Me puse maciza y buenorra, vamos que era el furor de la carpa principal del circo ambulante. Tía, es que era salir yo al escenario y todos los padres que acompañaban a sus hijos a ver mi espectáculo empezaban a emitir un sonido tipo "fliurssssspec" que me recordaba a mi más tierna infancia pero no sabía muy bien por qué. Acababa mi gran chow de acrobacias y levantamiento de paquidermos con los dedos meñiques y era aplaudida durante alrededor de siete horas, la gente enloquecida no podía parar de aplaudir hasta que sus manos destrozadas y convertidas en muñones sangrientos se arrastraban hasta el Gran Pequeño Torrebruno y les suplicaban un puesto de trabajo en el circo, y todo por poder estar cerca de mi y tratar de tocarme una de las nalgas que eso sí, las tengo bien suaves y rosaditas.



















Continuará...

3 comentarios:

elFaquir dijo...

TAS PASAO JA JA!!! ande has sacao esto por dió?!!

Doctor Gorro dijo...

FLIURsssssSPEC??

Amargá dijo...

Podrías contarnos algo más sobre Zacarías?